Por: Alexis J. Carrillo
En los últimos años se ha vuelto cada vez más común escuchar nombres como Saxenda, Ozempic y otros medicamentos similares asociados casi exclusivamente a la pérdida de peso. Se hablan de ellos en redes sociales, en conversaciones cotidianas y hasta se recomiendan como si fueran una solución rápida. Pero no lo son. Y mucho menos una moda.
Hablar de estos medicamentos a la ligera es peligroso. Lo digo desde mi propia experiencia.
Fui remitida a un endocrinólogo que me formuló Saxenda como tratamiento para bajar de peso. Era una inyección diaria, una especie de lapicero que debía aplicarme todos los días en el abdomen, la pierna o el brazo. Desde la primera semana, nada estuvo bien. Mareos constantes, sueño extremo, náuseas y un malestar permanente se volvieron parte de mi rutina.
Lo peor llegaba cada vez que debía aumentar la dosis. Pasaba días sin poder retener comida; todo lo vomitaba. En varias ocasiones terminé en urgencias por deshidratación. Mi estado de ánimo se deterioró, mi salud emocional también, y aunque bajé de peso, no me veía ni me sentía bien. Me veía enferma, sin energía, sin bienestar.
Después de casi cuatro meses decidí suspender el tratamiento y buscar otra opinión médica. Lo que vino después fue igual de duro: recuperé el doble del peso que había perdido y quedé con nuevas afectaciones de salud que me obligaron incluso a iniciar terapia.
Por eso escribo esto. Porque estos medicamentos no son cosméticos, no son atajos, no son una solución universal. Son tratamientos médicos serios, con efectos secundarios reales, que deben usarse sólo cuando están verdaderamente indicados y bajo un seguimiento riguroso.
Hoy estoy en otro proceso. Hago ejercicio por gusto y por salud. Como mejor, sin depender de inyecciones ni pastillas. Aprendí —a la fuerza— que no existen soluciones mágicas: ni cremas, ni fajas, ni medicamentos milagrosos.
Cuidarse es un camino más lento, pero también más honesto y sostenible. Y si algo quisiera que quedara claro, es esto: la salud no debería ponerse en riesgo por cumplir un estándar ni por seguir una tendencia.




