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Los sonidos de la seguridad

Hace un año entró en operación la subestación La Loma 500 kilovoltios, la primera de esa potencia que construyó el Grupo Energía Bogotá y que busca garantizar la calidad del servicio en laregión Caribe. El exitoso proyecto es orgullo para la Compañía porque durante su construcción y montaje se presentaron cero accidentes laborales.

Fue como un relámpago, un arco de luz, que silbó como si se cerrara rápido una cremallera.

Ese sonido, a las 5 de la madrugada del 22 de enero de 2019, fue el aviso que durante nueve meses estuvieron esperando las cerca de 20 personas que estuvieron al frente de la construcción de la subestación La Loma 500 kilovoltios: la energización del complejo, que sirve para mejorar la confiabilidad del servicio en la región y para articular de forma más efectiva la transmisión de energía entre la Costa Atlántica y el interior del país.

“Lo mejor de todo fue que en la obra no se presentó un solo accidente laboral ni siquiera en el pico más alto de trabajadores, que fue de 200 hombres. Incluso, de ahí hasta estos días, es decir, desde que La Loma es un activo en operación, nada de ese tipo se ha presentado”, asegura con una sonrisa de satisfacción, del deber cumplido, Óscar Ricardo de Lavalle Peñaloza, profesional de Seguridad y Salud en el Trabajo que está en ese proyecto desde la etapa de construcción.

Ese logro, el de cero accidentes, es aún más significativo porque esta iniciativa es la primera subestación de esa potencia que construye el Grupo Energía Bogotá y es clave para el país, pues además de sus funciones actuales, hasta allí, en el centro del departamento del Cesar, se transportará la energía que se produzca en los siete parques eólicos que se levantan en La Guajira; además, al complejo llegará una línea del proyecto Sogamoso. Todo, para que los colombianos cuentan con un servicio confiable.

De Lavalle resalta que la no accidentalidad en La Loma es un hito, ya que no es nada fácil que, en la construcción de un proyecto de esta envergadura, por su novedad y su localización geográfica –con todo lo que implica–, no se hubiera registrado un solo evento en la seguridad de los trabajadores y porque la obra se entregó en los tiempos estimados. Fueron, anota, 300 mil horas hombre en todo el período constructivo, abril de 2018 a enero de 2019.

Para nada fácil, subraya este valduparense mirando el complejo de transformadores, cables y torres asentado en 3,3 hectáreas de una planada a pocos metros de la carretera que conecta al centro de Colombia con la Costa Atlántica y que desde lo lejos brilla como un tesoro plateado.

“En la zona, el personal no está habituado a trabajar en este tipo de proyectos. Acá le dicen a uno ‘sé operar cargador’, ‘sé cargar carbón’ o ‘le voy a hacer 10 metros lineales de zanja’, pero no van a decir ‘le armo una torre de 34 metros de altura’, como se requiere en el sector eléctrico. Esto hace que al inicio debas guiar muchísimo a los colaboradores en el tema de seguridad en el trabajo y llevar una supervisión estrecha: esto se hace así y así, si no te cuidas te puede pasar algo y te debes ir para tu casa o para la clínica”, explica De Lavalle.

La Loma es un corregimiento de El Paso que desde finales del siglo pasado tiene una fuerte influencia carbonífera, sector que genera un buen número de empleos en esta región del Cesar y en el que, preferencialmente, buscan ocupación sus habitantes.

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Esa falta de experticia específica apunta De Lavalle, hizo que se extremaran las medidas de seguridad, a lo que se sumó el gran aporte del personal especializado que se llevó desde varios lugares del país y del mundo en esta clase de proyectos. En la construcción intervinieron alemanes, indios, mexicanos, chinos, malayos y, por supuesto, colombianos.

Rafael Daza Guzmán, ingeniero de la Gerencia de Subestaciones, recuerda que en la construcción del proyecto había, por un lado, tareas críticas y por el otro, experiencias novedosas, lo que exigía a todo el personal que intervino en él –unas 200 en su pico más alto–, el máximo de concentración y de precaución.

Por ejemplo, recuerda, el izaje y montaje electromecánico de equipos que pesan hasta 70 toneladas y algunas obras civiles demandaron esfuerzo, concentración, atención y compromiso de todos los participantes en la obra.

“Antes de emprender las tareas, nos reuníamos todos los que iban a intervenir y revisábamos los manuales y los equipos, repasábamos las medidas de prevención, lo que podía pasar y todos los escenarios posibles con sus medidas de precaución y atención, como lo piden los protocolos del Grupo Energía Bogotá, para el que la vida es primero. Una vez coincidíamos en que estaba claro para todos, emprendíamos la misión. Esta fue una gran y satisfactoria experiencia personal y profesional”, relata Daza.

De Lavalle asiente con la cabeza y resalta que uno de los factores que hubo que tener en cuenta durante toda la construcción fue la temperatura y los fuertes rayos solares que azotan La Loma de Calenturas, el nombre completo del corregimiento y el más exacto con el que se le pudo llamar: la zona tiene un promedio de 38 grados Celsius, pero la sensación térmica puede ser, fácil, de 42 grados, manifiesta el especialista en Seguridad y Salud en el trabajo, secándose dos hilillos de sudor que empiezan a caminar por su frente.

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La explicación, acota, es sencilla: el calor y los latigazos permanentes de sol van diezmando a algunos de los trabajadores, quienes ya en la tarde no están tan alertas, su reacción no es igual, y esporádicamente tratan de obviar las normas de seguridad. Esto era un factor alto riesgo en la construcción de la subestación Loma, pues todo el terreno, para la cimentación, tenía excavaciones en la que un descuido podía terminar en un accidente. Era, dice Daza, un laberinto en altura negativa.

“A las 4 p.m. un colaborador se encuentra con una cinta de seguridad que indica que por allí no se puede pasar, pero trata de saltársela para ahorrar camino. Ahí es cuando intervenimos para que esos comportamientos inseguros no se presenten o no se repitan; cuando los resultados son positivos, reforzamos esas conductas, pues la seguridad para nosotros y para la compañía no es negociable. Cuando estábamos en la construcción, si tocaba parar a descansar, parábamos; si llovía fuerte, nos resguardábamos, pero primero la vida y el compromiso de todos con esa idea; esa fue la clave”, reitera De Lavalle.

El día en que la subestación La Loma 500 kilovoltios iba a empezar a recibir energía eléctrica, un grupo de colaboradores, entre los que estaban De Lavalle y Daza, se fue a descansar a las 3 de la mañana y retornó antes de las 5 a.m., para no perderse el comienzo de la energización. Las expectativas, claro, eran inmensas, pues después de nueve meses de construcción con cero accidentes laborales –ni una uña partida, dice, riendo, De Lavalle–, este era el paso final. Había confianza en todas las tareas realizadas, de ingeniería, social, ambiental y de seguridad en el trabajo.

La madrugada olía a éxito. El silencio del tibio y oscuro amanecer, que solo era interrumpido por los primeros cantos del día de canarios, cucaracheros y azulejos, fue roto por el que produjo el paso inicial de energía por los conectores de los transformadores de la subestación a la línea, simultáneamente el arco de luz y luego el murmullo de alegría, felicidad y éxito del grupo de trabajadores.

Esos son los mismos sonidos, con igual número de accidentes laborales, que quieren escuchar los colaboradores del Grupo Energía Bogotá en abril de 2021, cuando se espera entre en operación la subestación La Loma 110 kilovoltios, que contribuirá a robustecer el sistema energético en el Cesar.

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