Por Laura Zuleta, abogada
Cada año, el calendario institucional se llena de fechas conmemorativas. Discursos solemnes, minutos de silencio, flores, fotografías y promesas que se repiten como eco. Todo parece indicar que no olvidamos. Pero para muchas víctimas, la realidad es otra: no es memoria lo que falta, es justicia.
Las ceremonias conmemorativas, en teoría, cumplen una función importante: dignificar, reconocer y mantener viva la memoria colectiva. Sin embargo, cuando estos actos se convierten en el único gesto del Estado o de las instituciones, pierden su valor y se transforman en una forma sutil de revictimización.
Porque no se trata solo de recordar el daño, sino de repararlo.
Las víctimas no necesitan que les repitan lo que ya vivieron. No necesitan más micrófonos ni más tarimas. Necesitan respuestas concretas: verdad completa, acceso real a la justicia, reparación integral y garantías de no repetición. Necesitan que el dolor no sea utilizado como un recurso simbólico, sino atendido como una deuda histórica.
Convertir el sufrimiento en un acto protocolario, sin avances reales, es una forma de estancamiento institucional. Es mantener a las víctimas atrapadas en el mismo relato, obligándolas a revivir lo ocurrido una y otra vez, sin ofrecerles una salida digna.
Y ahí es donde surge la pregunta incómoda: ¿a quién sirven realmente estas ceremonias?
Porque si no van acompañadas de medidas efectivas, terminan siendo más útiles para quienes las organizan que para quienes las padecieron. Son espacios que alivian la conciencia colectiva, pero no transforman la realidad de las víctimas.
La reparación no puede seguir siendo una promesa aplazada. No puede reducirse a indemnizaciones tardías o trámites interminables. Reparar implica reconocer, sí, pero también actuar. Implica reconstruir proyectos de vida, garantizar derechos y cerrar ciclos con justicia.
Las víctimas no quieren ser recordadas solo un día al año. Quieren dejar de ser víctimas.
Y eso solo es posible cuando el Estado pasa del discurso a la acción, del símbolo a la transformación.
Porque la memoria sin reparación no dignifica: perpetúa.


