Han pasado más de siete meses desde que a Marlen Fernanda Mozo le arrebataron la vida mientras cumplía con su jornada laboral en un punto de Supergiros en Bosconia. Tenía apenas 19 años, sueños intactos y el firme deseo de cambiar el destino de su madre y su abuela. Hoy, su ausencia sigue doliendo, sigue gritando. Pero el silencio de la empresa para la que trabajaba duele aún más.
Lo que ocurrió ese lunes 4 de noviembre no fue solo un asesinato; fue también una muestra dolorosa de abandono institucional. Marlen fue asesinada en su lugar de trabajo, en horario laboral, en un punto que no debía estar abierto, según indicaciones internas de la empresa. Sin embargo, por falta de comunicación, negligencia o simple desinterés, nadie le advirtió, nadie la detuvo, nadie evitó lo que estaba por pasar.
Las versiones de los familiares apuntan a una cadena de omisiones imperdonables: la joven no tenía celular, no recibió el mensaje que ordenaba cerrar, y quien le entregó la llave del local tampoco le transmitió la advertencia. Peor aún, después del crimen, Supergiros no apareció. No hubo un acto público de solidaridad, ni una visita, ni una flor en el velorio. “Como si hubiera muerto cualquier cosa”, lamenta su suegra.
La empresa dice que ya pagó la póliza de seguro de vida, “lo único por lo que debían responder”. Esa frase, pronunciada sin asomo de sensibilidad por el gerente de la Red de Servicios del Cesar, Alexander Arredondo, resume el enfoque que Supergiros ha tenido con este caso: fríamente económico. No hay rastros de responsabilidad moral, ni de autocrítica, ni mucho menos de reparación emocional.
¿Y la culpa patronal? Aún en proceso. Aún en debate. Aún en “diálogo” para evitar litigios. Pero la vida de Marlen no se negocia, no se calcula en pesos, no se tramita con abogados. Aquí hubo una cadena de fallas graves que no pueden ocultarse detrás de una póliza. Aquí hubo una joven expuesta al riesgo sin protección, sin respaldo y, tristemente, sin justicia.
Este editorial no busca venganza. Exige memoria, exige respeto y exige que se sienten precedentes. Porque Marlen no puede ser solo una cifra más. Porque su madre, su abuela y su pareja merecen respuestas. Y porque ninguna otra joven debería salir a trabajar y no volver, mientras su empleador evade responsabilidades con trámites y evasivas.
Supergiros aún está a tiempo de actuar con altura. Pero el tiempo pasa, la herida sangra, y la indiferencia pesa.


