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Nos robaron el aburrimiento

 

Por:Isaías Celedón Cotes 

Psicólogo y escritor 

 

“La necesidad de estar ocupado es una forma de escapar de uno mismo.”

Albert Camus 

 

Hace unos días observé una escena que, aunque parece normal, me dejó pensando. Varias personas estaban sentadas esperando su turno en un mismo lugar. Nadie hablaba. Nadie miraba a su alrededor. Cada una estaba concentrada en la pantalla de su teléfono.

Era una imagen cotidiana, de esas que vemos tantas veces que terminamos aceptándolas como parte del paisaje.

Sin embargo, me surgió una pregunta: ¿cuándo fue que aprendimos a sentirnos incómodos con la espera?

Hubo un tiempo en que esos minutos que parecían perdidos tenían otro significado. Una persona podía sentarse en una banca de un parque, mirar a quienes pasaban, escuchar los sonidos de la calle o simplemente dejar que sus pensamientos caminaran sin rumbo.

El silencio no era un vacío. Más bien era un espacio. Hoy vivimos de otra manera. Apenas aparece un momento sin actividad, buscamos llenarlo. Un mensaje, una noticia, un video o cualquier estímulo parece preferible a permanecer unos minutos con nosotros mismos.

Tal vez por eso podríamos decir que nos robaron el aburrimiento. Aunque, si somos honestos, nadie vino a quitárnoslo. Fuimos entregándolo poco a poco. Lo cambiamos por una conexión permanente que nos mantiene informados, pero que también puede alejarnos de nuestra propia interioridad.

Y debo reconocer algo: yo también me descubro algunas veces buscando el teléfono sin una razón importante, como si el silencio necesitara ser interrumpido. Quizá por eso este tema me inquieta. No estoy hablando de un problema ajeno; estoy reflexionando sobre una costumbre de la que todos podemos formar parte.

No se trata de culpar a la tecnología. Sería una mirada demasiado sencilla. Las herramientas digitales han aportado enormes beneficios a la humanidad. Nos permiten aprender, comunicarnos y acceder al conocimiento de una manera que antes parecía imposible.

La pregunta es otra: ¿seguimos siendo nosotros quienes decidimos cuándo utilizarlas?

Porque una herramienta puede ampliar nuestra libertad, pero también puede convertirse en una dependencia cuando ocupa todos los espacios donde antes habitaban nuestros pensamientos.

Como psicólogo, me interesa observar qué ocurre con el ser humano cuando desaparecen esos momentos de encuentro consigo mismo. No solamente necesitamos ocupar el tiempo; también necesitamos comprenderlo.

La vida no está hecha únicamente de actividades, metas y resultados. Hay momentos en los que necesitamos detenernos y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra existencia, qué caminos estamos siguiendo y qué sentido tienen nuestras decisiones.

Esas preguntas profundas rara vez aparecen en medio del ruido. Aparecen cuando algo dentro de nosotros encuentra un espacio para hablar.

Por eso la historia de Arquímedes siempre me ha parecido una hermosa metáfora. La tradición cuenta que descubrió su famoso principio mientras se bañaba. Al observar cómo el agua se desplazaba cuando sumergía su cuerpo, comprendió una ley física que cambiaría la historia de la ciencia.

Más allá del descubrimiento, hay una enseñanza humana: muchas veces encontramos respuestas cuando aprendemos a mirar aquello que otros pasan por alto.

Arquímedes tuvo tiempo para observar. Y observar requiere algo que hoy parece cada vez más difícil: detenerse.

La creatividad no siempre aparece en medio de la presión y la urgencia. A veces llega cuando la mente descansa, cuando una experiencia sencilla despierta una pregunta o cuando una idea tiene la oportunidad de crecer sin ser interrumpida.

Quizá el aburrimiento nunca fue una pérdida de tiempo. Quizá era un espacio interior donde la imaginación encontraba libertad.

Vivimos con la sensación de que todo debe ocurrir rápido. Queremos respuestas antes de terminar de formular las preguntas y resultados antes de darle tiempo a los procesos. Pero hay cosas que pertenecen a otro ritmo: conocernos, descubrir lo que realmente queremos y construir una vida con sentido no son tareas que puedan resolverse con la velocidad de una pantalla.

Requieren tiempo, reflexión y la paciencia de aprender a esperar. No todo momento de pausa es un momento vacío.

A veces una caminata tranquila ordena pensamientos. A veces una conversación con nosotros mismos nos acerca a una respuesta que estábamos buscando afuera. A veces el silencio nos muestra cosas que el ruido no nos permite ver.

No se trata de abandonar la tecnología ni de regresar al pasado. Se trata de recuperar un equilibrio que quizá hemos perdido. Volver a caminar sin la necesidad de mirar una pantalla. Esperar sin ansiedad. Contemplar un paisaje sin sentir la obligación de capturarlo.

Porque tal vez uno de los grandes problemas de nuestro tiempo no sea la falta de información, sino la falta de silencio para comprenderla.

No sé si volveremos a tener un Arquímedes gritando «¡Eureka!» después de una observación cotidiana.

Pero sí creo que las mejores preguntas seguirán naciendo allí donde siempre han nacido: en una mente capaz de detenerse, observar y pensar.

Quizá el verdadero lujo de esta época no sea estar siempre conectados.

Quizá sea recuperar algo que parecía sencillo, pero que hoy se ha vuelto extraordinario: la capacidad de estar unos minutos con nosotros mismos.

Porque tal vez el día que volvamos a soportar el silencio descubriremos algo que habíamos olvidado: que nunca estuvimos vacíos; simplemente estábamos esperando encontrarnos con nosotros mismos.

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