Me emocionan las acciones y palabras de Jesús de Nazaret, estoy seguro de que ellas son luces que iluminan el camino diario. Las que más me cuestionan y me mueven a actuar están en el sermón de la montaña (Mateo 5-7), en ellas nos muestra el amor, la justicia y la compasión como los valores determinantes de las acciones diarias, para convertirlas en una forma de vida. Me impresiona la firmeza con la que nos pide actuar ante los que nos dañan: «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente.” Pero yo les digo: No resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra» (Mateo 5, 38-39).
En el Antiguo Testamento se aplicaba la ley del talión, esa que buscaba que en la venganza no hubiese extralimitaciones, el ojo por ojo pone un límite a la venganza. Un cristiano reconoce que la violencia no soluciona ningún problema y que la paz fruto de la eliminación del otro es siempre momentánea y empobrecedora de la realidad. El creyente no justifica, desde el Evangelio, ninguna violencia, por eso me niego a cualquier interpretación o justificación religiosa de las guerras porque, como he dicho en varias ocasiones, creo que la religión es usada por la política y la economía para darle sentido a sus ambiciones. Karen Armstrong lo dice en estos términos: “Estamos habituados a usar la religión como chivo expiatorio, cuando la verdad es que todas las guerras obedecen a factores múltiples, y el más habitual suele ser el económico. Ahora bien, para movilizar a la gente, para embarcar a los soldados jóvenes en terribles expediciones como ocurrió en las Cruzadas o en las guerras religiosas europeas en los siglos XVI y XVII, necesitas un cierto idealismo, y Dios ha sido usado frecuentemente con esos fines”.
La invitación de Jesús, ante quienes nos agreden, nos hace mover paradigmas mentales, ser gestores de nuestras emociones y vivir desde prácticas espirituales que nos hacen comprender la vida desde la propensión a cuidar de nosotros mismos y de los demás. El problema es que algunos creen que hay violencias buenas y otras malas y buscan justificar sus intereses particulares desde los extremos, pero el fanatismo en cualquiera de sus posibilidades es el espacio propicio para sostener violencias que sólo nos hunden más en la imbecilidad. La vida no es un partido de fútbol en el que unos le van a un equipo haciendo barra contra el otro, esa manera tan superficial e irracional sólo demuestra que no hemos entendido, como lo afirma Adela Cortina, que “los seres humanos necesitamos ser cuidados para sobrevivir y que estamos hechos para cuidar de los cercanos, pero también…que tenemos la capacidad de llegar hasta los lejanos, creando vecindarios nuevos”.




