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“Porque la esperanza es lo único que se pierde”

Por:Isaias Celedon Cotes

Psicólogo y Escritor 

“La esperanza es un Valor fundamental para empezar de nuevo”Einstein

Cuentan los antiguos que a Pandora, princesa de una Grecia lejana y luminosa, los dioses le enviaron un regalo envuelto en misterio. No era una joya ni un objeto de belleza visible, sino una caja cerrada, pesada, casi viva. Junto a ella, una advertencia: no la abras jamás.

Durante días, Pandora convivió con aquel objeto como quien convive con un secreto. Lo miraba de reojo, lo rodeaba, lo evitaba. Pero en su interior crecía una inquietud silenciosa, una pulsión que no era simple curiosidad, sino algo más profundo: el deseo de saber. Porque hay preguntas que no se apagan con la obediencia.

Una tarde, cuando el mundo parecía en calma, Pandora acercó sus manos temblorosas a la tapa. No fue un acto impulsivo, sino inevitable. Como quien, en algún punto de la vida, decide dejar de ignorar lo que intuye. Levantó apenas la tapa… lo suficiente.

Y entonces, todo cambió.

De la caja comenzaron a escapar fuerzas invisibles pero devastadoras: la enfermedad, el dolor, la angustia, la locura. No tenían forma, pero llenaron el aire, se filtraron en la tierra, habitaron el corazón de los hombres. Pandora, aterrada, comprendió en un instante lo que había hecho: no había abierto un objeto, había despertado una verdad.

Intentó cerrar la caja, pero el daño ya estaba hecho. El mundo, que antes parecía intacto, ahora mostraba su fragilidad. Y en ese instante, en medio del caos, Pandora sintió por primera vez el peso de la existencia. Ya no era la princesa inocente; era testigo del sufrimiento.

Sin embargo, cuando logró finalmente cerrar la tapa, algo quedó dentro.

Silenciosa, casi imperceptible, permanecía en el fondo de la caja una presencia distinta. No gritaba como las otras, no irrumpía con violencia. Era tenue, frágil, pero persistente: la esperanza.

Pandora dudó. Pensó en liberarla, en dejarla volar como las demás. Pero algo en su interior la detuvo. Tal vez comprendió que no todo debía escapar sin conciencia. Tal vez intuyó que la esperanza no es algo que se entrega sin más, sino algo que cada ser humano debe encontrar por sí mismo.

Desde entonces, los hombres viven acompañados por aquello que Pandora liberó: el dolor, la incertidumbre, la pérdida. Pero también, en lo más profundo de cada vida, permanece esa fuerza contenida, ese susurro que no se impone pero sostiene.

Porque la esperanza es lo único que se pierde… cuando se deja escapar sin comprenderla.

No es un refugio ingenuo ni una promesa fácil. Es una elección. Es la capacidad de cerrar la caja a tiempo, de no dejar que todo se disuelva en el caos. Es, en medio de la herida, la decisión de seguir.

La esperanza no hace ruido. No entra a la vida como un relámpago ni se impone como una certeza. Llega como una brisa leve que apenas roza el alma cuando todo parece detenido. Es esa pequeña claridad que no disipa la noche, pero permite caminar dentro de ella.

A veces se esconde en lo más simple: en una palabra inesperada, en una mirada que sostiene, en el recuerdo de algo que aún duele pero ya no destruye. No elimina la herida; la vuelve habitable.

Hay días en que parece ausente, como si también hubiera escapado de la caja. Pero no se ha ido. Se repliega. Se guarda en lo profundo, esperando que el alma haga silencio para poder ser escuchada. Porque la esperanza no grita, susurra.

Vive al lado del miedo, respira en medio de la incertidumbre. No necesita garantías ni finales felices. Su territorio es lo posible. Es esa voz íntima que dice “aún” cuando todo parece decir “ya no”.

La esperanza no es promesa, es resistencia. No asegura que el dolor desaparezca, pero evita que tenga la última palabra. Es una forma de dignidad interior: la decisión de no rendirse del todo, incluso cuando algo dentro de nosotros ya está cansado.

Quizás por eso es lo único que verdaderamente puede perderse. No porque se escape, sino porque se abandona.

Y cuando se encuentra frente al miedo, no lo desafía ni lo destruye. Se sienta a su lado.

El miedo es antiguo, visceral. Nos pide retroceder, protegernos, no arriesgar. Tiene razones: conoce la caída, la pérdida, la herida. Pero la esperanza no discute con él. Permanece.

Porque no se trata de dejar de sentir miedo, sino de no dejarse gobernar por él.

Cuando el miedo dice “no podrás”, la esperanza susurra: “intenta”.

Cuando anticipa el fracaso, ella no promete éxito; ofrece sentido.

Cuando paraliza, apenas empuja un paso… y ese paso basta para no quedarse.

No es una lucha épica, es una decisión cotidiana. Ocurre en lo pequeño: levantarse, hablar, confiar de nuevo.

La esperanza comprende que el miedo no es un enemigo, sino una señal de que algo importa. Y por eso no lo niega: lo atraviesa.

Como una llama en el viento, no deja de arder, aunque vacile.

Y en ese gesto silencioso, sostiene al mundo.

Quédate un poco más.

Respira un poco más.

Cree, aunque sea en lo invisible.

Porque mientras exista ese hilo casi imperceptible, ese temblor que no se rompe del todo, la vida —aun herida— sigue pronunciándose.

Y cuando llega el momento de elegir —porque siempre llega—, no se trata de ser invencible, sino consciente.

Vencer el miedo no es apagarlo, es aprender a caminar con él sin entregarle el rumbo.

Nómbralo, para que no crezca en la sombra.

Da un paso pequeño, para que el camino exista.

Recuerda que ya has resistido.

Rodéate de lo que sostiene.

Y continúa, incluso con dudas.

Porque no necesitas certeza para avanzar.

Al final, vencer el miedo no es dejar de temblar… es no detenerse.

Y cuando el miedo vuelva —porque volverá—, no lo mires como un muro, sino como un umbral.

Y cruza.

Aunque sea despacio.

Aunque sea con el corazón en la mano.

Cruza.

Porque del otro lado no está la ausencia de miedo, sino algo más verdadero:

la vida… esperando ser vivida con esperanza.

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