Lo que está en juego no son vitrinas: es la identidad de un pueblo.
Por Julieth Peraza
Gestora cultural, curadora y directora del Museo Cocha Molina
A propósito de las fotos recientemente publicadas por la Gobernación del Cesar sobre los avances del CCMV, estuve reunida con voces mayores de nuestra cultura: Julio Oñate, Tomás Darío Gutiérrez, Rosendo Romero… maestros a quienes admiro, escucho y sigo. En medio de esa conversación surgió una pregunta que me atraviesa desde entonces:
¿Qué no puede pasar en el Centro Cultural de la Música Vallenata (CCMV)?
Como directora y cofundadora del Museo Cocha Molina —recientemente declarado Bien de Interés Cultural por el Departamento del Cesar— he vivido en carne propia lo que significa sostener un espacio consagrado a la memoria y al alma vallenata.
La respuesta no es ligera. Porque lo que está en juego no son vitrinas ni paredes: es nuestra identidad.
- La Cátedra del Vallenato no es opcional. Es urgente.
Valledupar debe implementar, sin más excusas, la Cátedra del Vallenato.
Y el lugar natural para dictarla es el Centro Cultural de la Música Vallenata (CCMV).
No podemos seguir permitiendo que nuestros niños y jóvenes conozcan más de reguetón —con el respeto que merece— que de “Viejo Valledupar” o de nuestros grandes juglares.
El CCMV no puede ser solo una vitrina: debe ser una escuela viva.
Una casa donde se enseñe, con nombre y apellido, quiénes fueron Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Colacho Mendoza, Cocha Molina, la Dinastía López…
Porque sí: la educación es la mayor salvaguarda del vallenato.
Y lo digo con toda claridad: la enseñanza del vallenato debe ser obligatoria en todos los colegios de Valledupar. No como un favor, no como una actividad extra, sino como un deber institucional.
Es la única forma real de mantener a salvo nuestro patrimonio.
- No puede nacer sin conciencia de su rol
El CCMV no puede ser solo una sala de exposición. Debe ser instrumento de investigación, transmisión y justicia cultural.
El vallenato no es solo música: es historia, lengua, migración, resistencia, poesía.
Hay más de tres siglos documentados de dinastías musicales, y aun así… ¿cuántos museos lo han contado completo?
Sin investigación no hay memoria viva; el CCMV necesita investigadores residentes, becas, publicaciones y guías especializados.
Sin investigación, lo que se pierde es la verdad.
- Turismo sí, pero con sentido
El visitante no busca vitrinas ni muñecos de cera mudos. Busca experiencias auténticas: escuchar un juglar, ver una tertulia en vivo, mirar el paisaje desde una cafetería-mirador mientras suena un acordeón, que haya jóvenes verseando a cada turista.
Pero cuidado: no repitamos el error de Medellín, que volcó todo al turismo y perdió raíz.
La sostenibilidad sí importa, pero con sentido cultural.
- El guía: el alma que no puede faltar
Lo más delicado: la mediación.
Un museo no se cuenta solo. Alguien debe narrar, seducir, enamorar.
Un guía no puede recitar de memoria: debe transmitir pasión. Si no emociona, el visitante no regresa y —lo que es peor— ese comentario se riega como pólvora.
Además, los guías deben ser bilingües. Sí, es un reto, y también una prioridad.
- No puede excluir, ni quedarse obsoleto
El CCMV no puede contar la historia del vallenato solo desde lo masculino ni desde los vencedores.
Debe dar voz a las mujeres, a las comunidades afro, indígenas, a los juglares olvidados y a los gestores anónimos.
La inclusión también es física y sensorial: accesos para personas con discapacidad, señalética en braille, guías en lengua de señas. Todos deben poder vivir la experiencia.
Tampoco puede quedarse atrás en lo museográfico o tecnológico. Debe renovarse constantemente, para que el visitante diga:
“Quiero volver.” Ese es el verdadero reto.
Como dice la campaña turística: “Colombia, el riesgo es que te quieras quedar.”
Aquí debería ser: “El reto es que quieras volver una y otra vez.”
- La sostenibilidad es la batalla mayor
Este es el dolor más profundo: la sostenibilidad.
Lo sabemos quiénes dirigimos espacios como el Museo del Compositor, el Museo del Acordeón o el Museo del Cocha Molina.
Y lo digo con claridad:
La cultura no es un negocio. Es un derecho.
No puede medirse por taquilla, sino por su valor simbólico y patrimonial.
El CCMV debe ser garantizado por el Estado, al menos durante sus primeros cinco años.
Después, pueden establecerse metas realistas y estrategias mixtas de sostenibilidad.
Pero al inicio, el Estado debe asumir esa responsabilidad. Le guste o no.
¿Y si no es sostenible?
Puede pasar. Y no sería por mala gestión. Lo que hay detrás es un fallo de mercado, ampliamente documentado en el sector cultural.
Los museos difícilmente alcanzan equilibrio entre oferta y demanda. Y eso no es un error: es una ley económica natural. Donde hay fallo de mercado, el Estado debe estar presente. Sin subsidios, la cultura muere.
Lamentablemente, desde el mismo Ministerio de Cultura se ha instalado una narrativa errada:
la del emprendimiento autosostenible, como si un museo fallara por no generar utilidades.
Pero esto no es una excepción: es la regla. Está sustentado por economistas, politólogos y expertos en políticas culturales.
Ejemplos internacionales: Todos los grandes museos del mundo combinan subsidios públicos, ingresos propios y alianzas estratégicas:
- Museo del Louvre (Francia): el Estado francés cubre gran parte de los costos. En 2018, recibió €100 millones en subsidios.
- Museo del Prado (España): el 80% del presupuesto proviene del Estado.
- Museos Vaticanos: cuentan con benefactores internacionales como Patrons of the Arts.
- Metropolitan Museum of Art (Nueva York): recibe más de $30 millones al año en subsidios de la ciudad.
Además, se pueden arrendar espacios dentro del CCMV para que los artesanos locales vendan artesanías y souvenirs. No se trata de tener un único restaurante, sino varios puntos de venta para que el visitante pueda escoger.
Porque la cultura, como bien dice Shakira, también factura. Pero más allá del dinero, la cultura —como los pájaros— vuela cuando le llega el momento. Y este, sin duda, es el momento del CCMV.


