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Saber cuándo y cómo comunicar también es una estrategia de negocio

Por: Alix Belinda Castro

Directora del Programa de Comunicación Social de Areandina, sede Valledupar

En los últimos días me he encontrado con situaciones que, aunque parecían simples de resolver, terminaron convirtiéndose en verdaderos dolores de cabeza. Y no por falta de recursos, de tecnología o de personal, sino por algo mucho más básico y, paradójicamente, menospreciado: la comunicación.

Es sorprendente cómo, en pleno siglo XXI, todavía hay empresas que subestiman su importancia. Organizaciones que, en lugar de adelantarse y mantener informados a sus clientes, empleados o aliados, optan por el silencio, la omisión o la respuesta tardía. Como si el cliente tuviera la obligación de adivinar procesos, entender cambios o suponer decisiones que nunca le fueron comunicadas. Como si la información fuera un privilegio y no un derecho.

Este es un error más común de lo que quisiéramos admitir. Lo vemos en empresas grandes y pequeñas, en marcas consolidadas y en emprendimientos que están dando sus primeros pasos. La tendencia es la misma: esperar a que surja el malestar o la crisis para, entonces, reaccionar. Y cuando por fin lo hacen, la comunicación llega a cuentagotas, sin claridad, dejando más dudas que respuestas.

Lo preocupante es que muchas empresas aún no se han dado cuenta del impacto que esto tiene. Creen que su crecimiento depende únicamente de la calidad del producto o servicio que ofrecen, cuando en una era como la actual la experiencia del cliente puede ser igual de determinante. Y en esa experiencia, la comunicación juega un papel clave.

Porque no importa cuán bueno sea lo que vendes si el cliente siente que no lo escuchas, que no le das información a tiempo, que no resuelven sus inquietudes o que simplemente no le das importancia necesaria. Y lo cierto es que somos muchos los que hemos dejado de comprar algo que nos gustaba solo porque la atención fue deficiente o la comunicación inexistente.

Hoy, en un mundo cada vez más digital, las reglas del juego han cambiado. La inmediatez es esencial. La claridad es una necesidad. La coherencia, una exigencia. Las empresas que entienden esto logran no solo atraer clientes, sino fidelizarlos. Porque un cliente satisfecho no es solo alguien que vuelve a comprar, es alguien que recomienda, que defiende, que se convierte en embajador de tu marca sin que tengas que pedírselo.

Y, sin embargo, sigue habiendo empresas que insisten en hacerlo al revés. Que solo informan cuando ya no hay más opción. Que comunican cuando la crisis está encima. Que actúan como si la relación con el cliente fuera una transacción y no un vínculo que necesita cultivarse.

Lo cierto es que la comunicación no es un accesorio dentro de una empresa, es un pilar. No se trata solo de decir cosas, sino de construir confianza. De entender que la diferencia entre una empresa que crece y una que se estanca no está solo en lo que vende, sino en cómo se relaciona con quienes la sostienen.

El mundo ha cambiado y la forma en que nos comunicamos también. La pregunta es: ¿lo han entendido las empresas?

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