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Se prendió la política

La política volvió a encenderse con fuerza con el cierre del plazo de inscripción de listas, un momento que suele ser técnico y burocrático, pero que este año se transformó en un auténtico terremoto político. Lo que debía ser una formalidad terminó revelando tensiones acumuladas, acuerdos de último minuto, disputas internas que salieron a la luz y maniobras estratégicas que muestran hasta qué punto el panorama electoral está lejos de estar definido.

Durante las últimas semanas, los partidos se movieron en un clima de urgencia. Algunos buscaron consolidar alianzas para sobrevivir a la fragmentación; otros apostaron por competir en solitario confiando en su arrastre territorial; y varios, quizá demasiados, recurrieron a figuras mediáticas o «outsiders» con la expectativa de sorprender en la contienda. La política se convirtió en un juego de ajedrez acelerado donde, más que proyectos de país, predominó el cálculo electoral.

Las fracturas internas quedaron expuestas. Dirigentes que hasta hace poco juraban lealtad a sus colectividades terminaron saltando de un lado a otro en busca de candidaturas más convenientes. Coaliciones que se vendieron como sólidas se deshicieron en cuestión de días. Y líderes que fueron presentados como renovadores quedaron al margen tras no lograr el respaldo suficiente. Este reacomodo constante confirma que, más que ideologías, lo que define hoy a buena parte del sistema político es la inestabilidad y la falta de cohesión.

Pero, más allá de las maniobras, lo que realmente está en juego es la credibilidad del sistema. La ciudadanía observa con una mezcla de ironía, fatiga e inquietud. Muchos perciben el proceso como un mercado de favores donde los partidos negocian nombres, no ideas. La distancia entre representantes y representados se hace más evidente cuando los discursos sobre transformación se contradicen con los pactos de último minuto y los acomodos oportunistas.

Sin embargo, también hay elementos positivos: la irrupción de nuevos liderazgos locales, la presencia de voces más jóvenes, la aparición de plataformas ciudadanas que buscan disputar espacios y la consolidación de agendas que antes eran marginales, como el medio ambiente, la participación comunitaria o la innovación económica, dan señales de que la renovación, aunque lenta, no es imposible.

Ahora comienza la verdadera contienda. Con las listas inscritas, los partidos ya no pueden ocultarse tras negociaciones internas: deberán presentar propuestas concretas, enfrentar debates públicos y someterse al escrutinio de votantes cada vez más exigentes. La campaña que se avecina será intensa, polémica y probablemente más emocional que racional. Pero también será una oportunidad para que los aspirantes demuestren que su proyecto va más allá de una candidatura improvisada.

La política se prendió, sí. Pero la chispa no basta. Lo que necesita el país es que ese fuego ilumine, no que enceguezca; que encienda la discusión pública, no la polarización vacía; que impulse la participación, no el desencanto. Dependerá de los candidatos, pero sobre todo de los ciudadanos, que este proceso electoral no se convierta en un espectáculo más, sino en un ejercicio democrático capaz de recuperar la confianza perdida.

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