publicidad

publicidad

¿Su hijo aprende o solo repite?

Por: Karen Pionce Gómez, Directora de la Licenciatura en Educación Infantil de Areandina, sede Valledupar

Cada año me encuentro con familias orgullosas porque su hijo de cuatro años recita los colores, cuenta hasta veinte o canta de memoria una canción entera. Esa escena tranquiliza en casa, y lo entiendo. Pero llevo años insistiendo en una idea incómoda: que un niño repita no significa que un niño comprenda.

La memoria y la comprensión pueden convivir, pero no son lo mismo. Un pequeño puede reproducir una información con asombrosa fidelidad y, al mismo tiempo, no haberla procesado. Por eso creo que muchas familias se hacen la pregunta equivocada. No deberíamos preguntar tanto si el niño «se sabe» algo, sino observar cómo piensa con eso que aprendió.

¿Cómo se nota? La señal más reveladora aparece cuando el pequeño pregunta. Cuando dice «¿por qué pasa eso?», «¿qué pasaría si…?» o cuando intenta comparar lo aprendido con su vida diaria, está mostrando pensamiento, no repetición. Hay comprensión cuando explica con sus propias palabras lo que entendió y, sobre todo, cuando lo usa en un contexto distinto. Esa transferencia del conocimiento es la frontera: cuando el niño aplica lo aprendido en otra situación, ya dejamos de hablar solo de memoria.

Un ejemplo cotidiano lo aclara. Repetir los colores es memoria. Decir «mi camiseta es azul como el cielo» es relación, lenguaje y comprensión. Si un niño escucha un cuento y luego lo narra a su manera, recuerda detalles, deduce que un personaje está triste porque perdió su juguete o conecta la historia con algo que le pasó, estamos ante aprendizaje significativo. Eso vale más que veinte palabras recitadas.

Insisto en esto porque el país no puede darse el lujo de descuidarlo. Las brechas en comprensión lectora siguen siendo una herida abierta en nuestra educación. Pruebas como PISA evalúan a estudiantes mayores, pero el problema empieza mucho antes. Si en la primera infancia premiamos la repetición y no la comprensión, estamos sembrando esas brechas con nuestras propias manos.

La buena noticia es que las familias no necesitan exámenes para saber si la educación inicial funciona. Basta conversar y observar. Preguntas sencillas como «¿qué hiciste hoy?», «¿qué fue lo que más te gustó?» o «¿puedes contarme la historia de otra manera?» muestran si el niño organiza ideas y comunica lo que entendió. Las preguntas de transferencia —»¿cómo usarías eso con tus amigos?», «¿qué pasaría si cambiamos el final?»— abren la puerta al pensamiento crítico y a la creatividad, porque le permiten construir una respuesta propia y no repetir lo que oyó.

Y aquí va una advertencia para los adultos: el tono importa tanto como la pregunta. Escuchar con paciencia, sin corregir de inmediato ni exigir la «respuesta correcta», es lo que anima al niño a arriesgarse a pensar.

Me detengo en un punto que hoy genera ansiedad: la tecnología. Tabletas, aplicaciones e incluso herramientas con inteligencia artificial pueden ser aliadas, pero no por el simple hecho de usarlas. Lo decisivo es qué experiencia promueven. Si ayudan a dibujar, inventar historias, conversar o resolver problemas, fortalecen el lenguaje y el pensamiento. Si solo sirven para repetir ejercicios mecánicos con respuestas cerradas, su aporte es pobre. La tecnología potencia el desarrollo cuando se vuelve herramienta de exploración y diálogo, no de repetición automática.

Termino donde a veces olvidamos mirar: lo socioemocional. La curiosidad, la empatía, la convivencia y la autonomía son tan importantes como cualquier contenido. Un niño que intenta vestirse solo, ordenar sus juguetes o explicar cómo resolvió un problema está ganando seguridad y capacidad de decidir. Que quede claro: la autonomía no es dejar al niño solo; es guiarlo para que haga por sí mismo.

Si su hijo pregunta, relaciona y se atreve a explicar, vaya tranquilo. Ahí no hay un niño que repite. Hay un niño que aprende.

publicidad

publicidad