Por: Isaías Celedon Cotes
“Para conseguir grandes cosas debemos no sólo actuar, sino también soñar; no sólo planear, sino también creer” Anatole France
En un mundo más Saturado de expectativas, motivado por redes sociales que nos venden ideales de éxito y felicidad, vivir de ilusiones se ha convertido en una práctica común. Soñar no es un problema; de hecho, es esencial. Sin sueños, la humanidad no habría avanzado. Sin ilusiones, no habría retos ni metas. El problema surge cuando estas se convierten en un refugio, una excusa para evitar enfrentar la realidad.
Un claro ejemplo de esto se encuentra en la procrastinación, un fenómeno que, según un estudio de Psychological Science (Steel, 2007), está ligado a expectativas idealizadas. Muchas personas posponen tareas porque imaginan resultados perfectos que parecen inalcanzables, atrapándose en la comodidad del «algún día». Esto ocurre con frecuencia entre jóvenes que sueñan con el trabajo ideal, pero no se preparan o no buscan oportunidades por miedo al fracaso.
Las redes sociales agravan esta tendencia. Según un informe de la Royal Society for Public Health (2021), plataformas como Instagram y TikTok alimentan expectativas irreales sobre la vida, la belleza y el éxito, generando frustración en quienes intentan igualarlas. Basta con observar el fenómeno de los influencers, quienes proyectan estilos de vida perfectos que a menudo ocultan los desafíos y sacrificios reales detrás de las imágenes.
En el ámbito político, el peligro de las ilusiones es igualmente evidente. Las campañas electorales suelen basarse en promesas mágicas, construyendo esperanzas irreales para ganar apoyo popular. El politólogo William Riker, en su libro The Art of Political Manipulation, explica cómo este uso de ilusiones deja a las sociedades desilusionadas cuando las promesas no se cumplen. Ejemplos de esto abundan en contextos donde se promete resolver crisis económicas o sociales con soluciones poco factibles.
Sin embargo, no todo es negativo. Las ilusiones también pueden ser un motor poderoso cuando se transforman en acción. Un estudio de la Universidad de Harvard sobre motivación intrínseca (Deci y Ryan, 2000) destaca que trabajar activamente en metas claras no solo aumenta las posibilidades de éxito, sino que también mejora el bienestar emocional. Casos como el de Malala Yousafzai, quien convirtió su sueño de educación para las niñas en un movimiento global, muestran el poder de soñar con propósito.
La clave está en el equilibrio. Soñar es vital, pero debe ir acompañado de esfuerzo, planificación y voluntad para enfrentar la realidad. Vivir de ilusiones no está mal si estas son un trampolín hacia la acción. El peligro es convertirlas en un laberinto donde el tiempo se diluye y la vida se escapa entre los dedos.
Porque, como decimos coloquial mente, «soñar no cuesta nada». Lo que cuesta es despertar y trabajar para hacer esos sueños realidad. Y ese es un precio que vale la pena pagar…



