Por: Isaías Celedón Cotes
Psicólogo
“Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, éste dirigirá tu vida y lo llamarás destino “Carl Jung
En el vasto mapa de la experiencia humana, hay dos estados que delinean formas radicalmente distintas de existir: el estado de supervivencia y el estado de creación. Cada uno activa distintas regiones del cerebro, evoca emociones específicas y condiciona la forma en que pensamos, sentimos y actuamos. Comprender la diferencia entre ambos no solo es una cuestión teórica, sino una herramienta para vivir con más conciencia y propósito.
Supervivencia: el reino del ego y el control
Cuando vivimos en un estado de supervivencia, nuestro sistema nervioso se activa como si estuviéramos enfrentando un peligro real, aunque no haya una amenaza física presente. El cuerpo se tensa, la respiración se acelera y el cerebro reptiliano toma el control. En este estado, todo gira en torno a la anticipación del futuro o el recuerdo del pasado. El ahora deja de existir como espacio de creación y se convierte en un terreno de alerta constante.
Desde esta perspectiva, el ego se vuelve protagonista. El ego necesita controlar, predecir, asegurar resultados. Busca certezas, porque le teme a lo desconocido. Este estado nos mantiene en una narrativa interna de carencia: “falta algo para que esté bien”, “tengo que hacer más para estar seguro”, “no puedo confiar en que las cosas fluyan sin intervenir”.
El estado de supervivencia no permite creación genuina, porque está dominado por el miedo. No hay
apertura para lo nuevo, solo reacción frente a lo que ya fue o lo que creemos que podría suceder.
Creación: el arte de confiar y experimentar
Por el contrario, cuando accedemos al estado creativo, el cuerpo se relaja, la mente se aquieta y las emociones se sintonizan con frecuencias más elevadas como la gratitud, el amor, la inspiración o el entusiasmo. En este estado no estamos tratando de controlar el futuro: lo estamos
imaginando, sintiendo, encarnando desde el presente.
Psicológicamente, esto implica un cambio de paradigma. Ya no se trata de “esperar a ver para creer”, sino de “creer para ver”. Desde la neurociencia, sabemos que el cerebro no distingue entre una experiencia vivida externamente y una vivida intensamente en la imaginación emocionalmente cargada. Es decir, si lo vives mental y emocionalmente, tu cuerpo ya lo experimenta como real. Y eso tiene efectos concretos: activa nuevas conexiones neuronales, cambia tu química interna y reprograma tu percepción del mundo.
En este orden de ideas no buscas resultados desde la carencia, sino que te conviertes en el tipo de persona que naturalmente atrae esos resultados. No se trata de pasividad ni de negar la acción, sino de actuar desde una coherencia interna que ya vibra con el resultado deseado. La acción ya no nace del miedo, sino de la inspiración.
De la supervivencia a la creación: un camino consciente
Pasar del estado de supervivencia al estado creativo no es inmediato ni automático. Es un proceso de
autoconciencia y entrenamiento emocional. Implica aprender a regular el sistema nervioso, observar los
pensamientos sin identificarse con ellos y reconectar con la imaginación como una herramienta poderosa de construcción interna.
Se trata de confiar en que la mente y el cuerpo, alineados, pueden ser un canal para manifestar una realidad más coherente con nuestro ser esencial. No desde la ansiedad del control, sino desde la confianza de quien ya ha vivido el destino deseado en su interior.
Como decía Carl Jung, “hasta que no hagas consciente lo inconsciente, éste dirigirá tu vida y lo llamarás destino”. Vivir en estado creativo es, en última instancia, hacerse consciente del poder que tenemos de influir en nuestra realidad cuando dejamos de sobrevivir para comenzar a crear.




