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Terquedad espiritual

La experiencia espiritual nos hace constatar que, como seres, siempre estamos en construcción. No somos una entidad terminada. El viaje interior que se propicia en las practicas espirituales, al darnos la posibilidad de trascender y ver la vida como un todo, nos permite aceptar que estamos en continuo proceso de renovación. Lo cual implica que tengamos claro, constantemente, qué es lo que se mantiene como base de identidad, qué es lo que tenemos que dejar atrás y cómo responder creativamente a las nuevas posibilidades. Negarse a cambiar es una manera de declararse muerto.

El ser que vive en un camino espiritual es capaz de reformularse su manera de pensar constantemente. Entiende que las ideas y los conceptos son dinámicos y tributan a contextos concretos. La terquedad es una negación de la racionalidad. Creer que la vida tiene que adaptarse a su forma de pensar es no entender que somos seres temporales. Aprender también implica desaprender.

Otear la vida, como una acción trascendente, nos ocasiona estar dispuestos a cerrar heridas emocionales del pasado, romper con situaciones de dolor que no nos dejan avanzar, dar nuevas oportunidades a quienes se lo han ganado. Las emociones, como forma de cognición, también pueden renovarse. El rencor es una forma de negarnos a aceptar que las emociones son impulsos a estímulos concretos.

La espiritualidad nos hace amar lo que somos físicamente. Asumiendo los cambios de nuestro cuerpo. No somos jóvenes eternos. Las arrugas, las caídas de lo que antes estaba parado, el envejecimiento de nuestras células y órganos forma parte de lo que tenemos que aceptar para poder vivir en felicidad. Aparentar juventud eterna es desconocer nuestra condición y exponernos a la deformación de lo que somos.

Una de las razones por las cuales sigo a Jesús es su actitud de reformador de todo lo que se ha anquilosado y destroza la dignidad humana. Su actitud, ante la antigua ley religiosa, es la de alguien que entiende que Dios se comunica en el devenir de la humanidad y que la única forma de responderle es desde esa dinámica del cambio. Quien cree que a Dios se le responde siempre de la misma manera no conoce a ese que se ha definido como “soy el que seré” (Éxodo 3,14).  Al fin y al cabo, es en clave de promesa-cumplimiento como se ha expresado la relación con él en toda la historia bíblica.

No tengas miedo a los cambios que se dan en tu vida y en tu sociedad. Sé capaz de abrirte a ellos con la capacidad crítica que te permite entender cómo responder. Quien te haga creer que en Dios no puede haber cambios es porque no ha entendido que él hace nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21,5).

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