Por: Alberto Linero
La amistad es una de las experiencias que más sentido otorga a nuestra condición humana. Tener y ser amigo nos humaniza aún más. Tanto, que Jesús de Nazaret nos denominó amigos (Juan 15,15), y no con otro término.
Estoy convencido de que quién cuenta con amigos puede disfrutar la vida sintiéndose respaldado por alguien que, desde su propia realidad, siempre estará allí. Los amigos son aquellos que no sufren envidia por nuestras alegrías y saben acompañar presentes en momentos de dolor, tristeza y frustración. Con ellos, las alegrías se magnifican y las tristezas menguan.
Una relación genuina de amistad se basa en la autenticidad. No hay necesidad de máscaras, discursos grandilocuentes, posar de lo que no se es ni tratar de aparentar lo que no se tiene. Con los amigos, simplemente se es. Ellos nos aceptan tal como somos, no esperan que seamos perfecto, valorando nuestra sinceridad y transparencia. Ante ellos, no hay lugar para egos inflados o relatos vanagloriosos, pues conocen nuestro verdadero “yo”, sin arandelas.
Estas relaciones sanas aportan valor. Los amigos tienen un propósito en nuestras vidas, incluso si es solo para “mamargallo”. En la amistad, se nos incentiva a ser mejores y, a veces, a enfrentar verdades difíciles que solo alguien que nos ama nos diría con claridad y firmeza; nos acompañan en nuestras embarradas y limitaciones. Los amigos contribuyen a nuestra construcción de un proyecto personal y se goza junto a ellos. Al dejar atrás el miedo de mostrarnos vulnerables, se potencian las posibilidades de experimentar júbilo y plenitud.
Creo que lo que más une a los amigos es la experiencia espiritual. Una comunión en lo sublime celebrada con ritos existenciales llenos de significado. Es trascendiendo lo tangible y medible donde encontramos las sinergias que nos guían hacia la realización de nuestros propósitos fundamentales.
Nunca son un millón. Quien afirma tener muchos, probablemente confunde la amistad con otras buenas relaciones que se dan en la cotidianidad, como conocidos, miembros de un mismo grupo o compañeros de trabajo. Los primeros están comprometidos con nuestra esencia, les interesamos por lo que somos; con los segundos sostenemos una relación circunscrita a unos contextos.
Apuesto por la amistad y creo que un verdadero amigo nunca se convierte en enemigo (Eclesiástico 6,9). Elige guardar silencio antes que dañar a quien ha sido su compañero en tantas batallas. Daría lo que no tiene solo para ver sonreír a su amigo. Agradezco a Dios por mis amigos. Y espero que tú que me leas hoy tengas tiempo para decirle a tu amigo o amiga: ¡Gracias! Porque un amigo es un tesoro que hay que cuidar.

