‘Poncho Campo’, como lo conocían sus amigos, familiares y copartidarios, ocupó las más altas dignidades del servicio público, todas en representación del partido Conservador, el eje de su trayectoria política: diputado, Representante a la Cámara, Senador, Viceministro, Rector de la Universidad Popular del Cesar, presidente de Ferrovías, director de Aerocivil y Embajador en varias oportunidades.
El empresario
Su pasión por la política (faceta más conocida de su vida), la compartió con la de hombre de empresas. Junto a sus hermanos, fundó en Valledupar la emisora Ondas de Macondo, (ubicada en la la carrera 14 con calle 16B) que en su momento se convirtió en la tribuna por excelencia de las ideas conservadoras y fungía como contrapeso a la marcada línea liberal de Radio Guatapurí en tiempos de don Manuel Pineda Bastida. Su amplia y futurista visión, impulsó a Poncho Campo, un enamorado de la radio, a ampliar el espectro de cobertura y establecer una especie de cadena radial regional, fundando otra emisora en Codazzi, denominada Radio Perijá, que, infortunadamente, no tuvo la transcendecia de Ondas.
Ondas de Macondo, fundada el primero de noviembre de 1974, entró pisando fuerte en la radio local, con unos estudios modernos, especialmente diseñados para funcionar como estación radial, y una fiesta de inauguración amenizada por el artista Mario Gareña, todo un suceso para la Valledupar bucólica de la época. Ondas forjó también una escuela de radio por dónde pasaron figuras ‘importadas’ de otras ciudades de la Costa (Barranquilla y Santa Marta, principalmente) de la talla de Ley Martin, Lember Lombana Piñeres, Joaquín Sierra Silva, Santiago Calderón (director de noticias), Electo Gil Bustamante, Celso Guerra Gutiérrez, Lucho Alandete, Mario Puerta, Javier Oñate Alí, entre muchos otros.
Eran los tiempos de la bonanza algodonera (años 70), actividad en la que la familia Campo descolló por sus extensas plantaciones, como muchas otras familias de la región con vocación agropecuaria.
Tuvo un fugaz paso por el sector minero al hacer parte de la Empresa Promotora y Explotadora de Carbón del Cesar y La Guajira (Emcarbón), donde tuvo el valor civil de denunciar cómo dicha empresa terminó siendo controlada por personas afines al narcotráfico y al paramilitarismo.
El hombre de familia
Quienes conocieron a Poncho Campo lo describen como un hombre sencillo, de un gran sentido del humor, de hablar franco y sereno, y una capacidad para contar anécdotas con las que cautivaba a sus interlocutores.
Nacido en Valledupar un 9 de febrero de 1951, en el hogar conformado por don Joaquín Campo Maya (1915-2014) e Isabel Soto (fallecida hace 4 años), más conocida como ‘Mama Chaba’. Fue el quinto de los seis hijos de dicha unión. Y tuvo como hermanos a Inés, Rodolfo (dos veces alcalde de Valledupar), Joaquín (empresario del campo), Sonia y Eduardo (ex magistrado y ex procurador delegado).
Como buen conservador, Poncho Campo valoraba a la familia como núcleo esencial de la sociedad. Al lado de su esposa Omayda Eljach de Campo, tuvo tres hijos: Juan Manuel (excongresista y líder conservador), Isabel Teresa y Ana María Campo Eljach, ambas abogadas.
Previa a esa relación, tuvo a su hijo mayor Alfonso Campo Martínez, quien también se ha destacado en el servicio público en cargos como Personero de Valledupar (2 periodos), director saliente de la Unidad Nacional de Protección, y quien está en la baraja de candidatos por el partido Conservador al Consejo Nacional Electoral.
Sus amigos lo valoraban por su nobleza y desprendimiento, y por siempre tenderles la mano en momentos de necesidad.
El político
Abogado del tradicional Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, cuna histórica del conservatismo en Colombia, Alfonso Campo Soto entabló relaciones de amistad y de partido con los representantes de las casas conservadoras más importantes del país, como la casa Ospina, la Gómez Hurtado, la Pastrana, entre otras. En Bogotá empezó a labrarse su trayectoria y militancia en el partido que le permitiría ocupar sus más altas dignidades.
A nivel local, las dos casas conservadoras más importantes del departamento fueron la de su familia Campo Soto y la casa Cuello, heredera del exalcalde, senador y exgobernador don Manuel Germán Cuello. Pero pese a ser ambas casas conservadoras, solían (y suelen) estar en orillas opuestas.
Esto explica, en parte, porqué su primera aspiración a la gobernación del Cesar, recién creada la elección popular de gobernadores, no tuvo éxito. En ese entonces, su hermano Rodolfo ya había sido alcalde de Valledupar para el periodo 1988-1990, haciendo una muy buena administración que aún se recuerda en la ciudad por haber transformado a Valledupar en apenas dos años de mandato.
La novel Constitución de 1991 creó la elección popular de gobernadores por un periodo de 4 años (ya la de alcaldes existía desde 1987 pero por 2 años, luego ampliada a 3 y luego a 4), En ese momento político, apalancada en la excelente gestión de Rodolfo en la alcaldía, la casa Campo impulsó la candidatura de Alfonso Campo a la gobernación. Ambos hermanos tenían una hoja de vida sin tachas y gozaban de una muy buena reputación en el mundo político de la época.
Sin embargo, la audaz movida política fue interpretada por sus contradictores como el deseo de la casa Campo de imponer una especie de nepotismo electoral, que cerraba las puertas a otras figuras políticas dentro del Conservatismo.
Con el fin de atajar a Poncho Campo, político querido en el departamento y con amplia trayectoria, el Liberalismo del Cesar se ideó el nombre de Lucas Gnecco Cerchar, como candidato a la gobernación del Cesar y, tal vez, sin saberlo, abrió la caja de Pandora de la dominación que ha impuesto dicha familia a este departamento, en donde de 9 gobernadores elegidos popularmente, 6 han sido de dicha casa política (Lucas dos veces; Rafael Bolaños, Luis A. Monsalvo, dos veces; y Franco Ovalle). El resto de la historia la conocemos de sobra y aún la padecemos los cesarenses.
Desde esa coyuntura política, la valentía de Poncho Campo ya le advertía al Cesar del peligro de llevar al poder local a personas con cuestionamientos tan serios como los que ya existían sobre varios miembros de la familia Gnecco, principalmente sobre los hermanos Jorge (exdiputado) y Lucas.
Posteriormente, en el año 2000, Poncho Campo volvió a aspirar a la gobernación del Cesar, pero en esa ocasión, otra vez recibió un golpe bajo de otra casa política azul, la del entonces congresista Alfonso Mattos Barrero, quien se inventó de la nada la candidatura del recién llegado médico Basilio “el gringo” Padilla, quien terminó dividiendo la votación conservadora y le entregó el triunfo en bandeja de plata al candidato de los Gnecco, el también médico Rafael Bolaños.
Los secuestros
En dos ocasiones Poncho Campo fue víctima del imperdonable crimen del secuestro. La primera vez ocurrió en 1989, cuando regresaba de su finca ubicada cerca al corregimiento de Valencia de Jesús, al sur de Valledupar. Estuvo en poder de sus captores 14 días, miembros del Ejército de Liberación Nacional (Frente 6 de diciembre), quienes querían enviar un mensaje al gobierno del entonces presidente Virgilio Barco para presionar el inicio de mesas de diálogo regionales de paz.
El segundo secuestro cometido también por el ELN (Frente Camilo Torres) tuvo lugar el primero de junio de 1992, cuando iba a asistir a la posesión como alcalde de Curumaní de su amigo y copartidario Rodrigo Ríos. Antes de llegar a ese municipio, un retén del ELN lo retuvo, en compañía de José Calixto Mejía y Álvaro José Soto, y se los llevó a todos con rumbo a la Serranía del Perijá, donde fue sometido a largas caminatas y maltratos físicos y verbales. Estuvo secuestrado 61 días y, para ser liberado, su familia tuvo que pagar una cuantiosa suma de dinero.
Eran los tiempos de los tenebrosos Frente 6 de Diciembre y Camilo Torres del ELN, una máquina del secuestro, que llenó de terror y zozobra a varias familias cesarenses y que por un tiempo estuvo bajo el mando del implacable ‘Comandante Gonzalo’, nombre de guerra de León Valencia, hoy flamante columnista y director de la Fundación Paz y Reconciliación (antes Fundación Arcoiris), quien no tuvo reparos de escribir en su libro «Mis años de lucha», la justificación del secuestro en los siguientes términos: «Me había convencido de la justeza y de la eficacia del secuestro en los días en que Enrique Buendía lideraba nuestro pequeño grupo en las sabanas de la Costa y hacía vívidas descripciones de la ignominia a la que los grandes terratenientes (…) sometían a los campesinos. (Valencia) había aceptado la necesidad de secuestrarlos, no sólo para obtener recursos económicos para el movimiento, sino para obligarlos a respetar los derechos de los labriegos. (…) Si no se echaba mano del narcotráfico, era obligatorio recurrir al secuestro para conseguir el dinero para sostener la guerra y así lo expresó el cura Pérez «.
Según sus allegados, ese secuestro cambió la vida del líder conservador, generándole no sólo estrés post-traumático, sino también desencadenando posteriormente una enfermedad neuronal que fue apagando progresivamente durante 22 años su voz y su sapiencia hasta extinguirla completamente en la medianoche de este sábado 13 de agosto.

