La política, en su esencia más pura, debería ser el instrumento a través del cual se garantiza el bienestar colectivo, la transparencia y el progreso para una comunidad. Sin embargo, una sombra de sospecha se cierne sobre la administración municipal de El Copey debido a la relación cuestionable entre el alcalde Assad Raish y ciertos contratos adjudicados a personas cercanas a sus aportantes de campaña, un hecho que debe ser investigado con rigor y responsabilidad.
La controversia gira en torno a la contratación de Cilia María Contreras Sierra, hermana de William Javier Contreras Sierra, quien, según diversas fuentes, fue un importante contribuyente financiero a la campaña del alcalde. Cilia María ha recibido contratos relacionados con el suministro de útiles de oficina para las dependencias del Palacio Municipal, un servicio aparentemente rutinario que, bajo la lupa, revela posibles conflictos de interés.
Los contratos estatales están diseñados para ser un modelo de equidad, otorgados mediante procesos licitatorios que promuevan la competencia justa y aseguren que los recursos públicos sean empleados con eficiencia. No obstante, cuando dichos contratos se convierten en un mecanismo de retribución política o personal, se rompe el delicado equilibrio de la democracia y se erosiona la confianza ciudadana en sus instituciones.
La relación entre un gobernante y sus financiadores de campaña siempre ha sido un terreno minado, especialmente en un sistema político como el nuestro, donde las leyes de financiamiento electoral presentan múltiples lagunas. Es válido preguntarse si este contrato en particular fue adjudicado en mérito a una evaluación objetiva de calidad, precio y eficiencia, o si, por el contrario, responde a una lógica de pagar favores políticos a quienes aseguraron el éxito electoral del alcalde.
Por supuesto, el alcalde Raish y sus defensores argumentarán que todos los procesos de contratación se han realizado dentro del marco legal. Sin embargo, lo que es legal no siempre es ético. En este caso, la simple percepción de favoritismo es suficiente para encender alarmas en la ciudadanía, pues implica que los recursos que pertenecen a todos podrían estar siendo utilizados para beneficiar a unos pocos.
El problema de fondo aquí no es solo un contrato específico. Lo que está en juego es el sistema de gobernanza mismo. Cuando las relaciones personales o políticas prevalecen sobre el mérito y la transparencia, se fomenta una cultura de clientelismo y corrupción que limita el acceso de otros actores al mercado y ahoga el desarrollo de una administración pública más profesional y eficiente.
Este caso también plantea preguntas más amplias: ¿Cuántos contratos similares han sido adjudicados bajo circunstancias sospechosas? ¿Qué mecanismos de control y supervisión existen para garantizar que estas prácticas no se conviertan en la norma? ¿Dónde están las entidades de control en un momento en que su intervención es tan importante?
Es imperativo que la ciudadanía, los medios de comunicación y las organizaciones de vigilancia exijan claridad y rindición de cuentas. Una auditoría exhaustiva de los contratos otorgados durante esta administración podría ser el primer paso para despejar dudas y, de ser necesario, corregir el rumbo.
La transparencia no es una opción; es un deber. Las autoridades deben entender que gobernar no es un derecho adquirido, sino una responsabilidad que implica rendir cuentas de cada decisión y priorizar el bien común sobre cualquier interés privado.
El alcalde Raish tiene la oportunidad de demostrar que su gestión no será recordada por la sospecha, sino por su compromiso con la ética y la justicia. No hacerlo significará perpetuar una cultura de desconfianza y división que tanto daño ha hecho a nuestras instituciones y a la vida democrática de este municipio.
La lucha contra el favoritismo no es solo una tarea de los gobernantes. También es responsabilidad de todos los ciudadanos que aspiran a vivir en una sociedad más equitativa y justa. Es hora de alzar la voz y exigir un cambio real. Porque lo que está en juego no es solo un contrato, sino el futuro de nuestra democracia local.




