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Captología, depresión y la captura de la atención

Por: Isaías Celedón Cotes, Psicólogo y Escritor

“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.” — Viktor Frankl

 

La depresión contemporánea no puede comprenderse únicamente desde la biología individual ni desde la historia personal del sujeto. Se despliega también en un contexto cultural y tecnológico que moldea la atención, el deseo y el sentido. En este escenario emerge la captología: el estudio de cómo la tecnología actúa como agente persuasivo, influyendo en la conducta humana mediante el diseño de estímulos, recompensas y entornos digitales. 

La captología, desarrollada inicialmente en la Universidad de Stanford por B. J. Fogg, parte de una premisa conductual clásica: la conducta sigue al refuerzo. No es necesario ordenar ni castigar; basta con diseñar un contexto donde la acción sea fácil, inmediata y recompensada. Likes, notificaciones, métricas visibles y recompensas intermitentes se convierten en reforzadores sociales de alta potencia. Así, principios formulados por B. F. Skinner en el siglo XX encuentran su actualización tecnológica en el siglo XXI. 

Desde la neurociencia, este diseño se apoya en la dopamina, neurotransmisor asociado no al placer en sí, sino a la anticipación del placer. La dopamina empuja hacia el futuro, hacia la promesa de algo que puede ocurrir. La captología explota esta lógica: siempre puede llegar una notificación más, una aprobación más, una señal más. El resultado es una economía psíquica basada en la expectativa constante, no en la satisfacción ni en la presencia. 

En personas con vulnerabilidad depresiva, este modelo tiene consecuencias clínicas relevantes. La depresión se caracteriza por apatía, rumiación, enlentecimiento y pérdida de sentido. Frente a ello, el entorno digital ofrece estímulos breves, accesibles y de bajo costo emocional. La pantalla promete alivio inmediato sin exigir elaboración psíquica.

 Sin embargo, este alivio es transitorio. El “like” no repara la herida narcisista ni la desesperanza existencial; solo la suspende por instantes. De este modo, la captología no crea la depresión, pero puede cronificarla. Al ocupar el lugar de regulador emocional primario, la tecnología interrumpe procesos necesarios como el duelo, la introspección y la búsqueda de sentido. El malestar no se transforma; se posterga. 

La atención queda capturada y el sujeto se aleja de sus propias señales internas: el cansancio, la tristeza, la soledad, que podrían orientar hacia el cuidado o el cambio. Desde una perspectiva existencial, el problema central no es el uso de la tecnología, sino la pérdida de conciencia. Cuando la conducta se automatiza, la acción se separa del significado. Se hace mucho, pero se vive poco. Viktor Frankl advirtió que el vacío existencial no surge solo del sufrimiento, sino de la ausencia de sentido. En este punto, la captología puede intensificar el vacío al ofrecer múltiples estímulos sin orientación existencial. 

La psicoterapia se presenta entonces como un espacio contracultural. Mientras la captología busca reducir la distancia entre estímulo y respuesta, la clínica introduce pausa. Donde el diseño digital acelera, la terapia desacelera. Donde la tecnología promete gratificación inmediata, la psicoterapia trabaja con tolerancia al malestar, conciencia emocional y reconstrucción de valores. Recuperar la atención se convierte en un acto terapéutico fundamental. 

Las terapias conductuales de tercera generación —como la Terapia de Aceptación y Compromiso y el mindfulness— no luchan contra el deseo ni demonizan la tecnología. Enseñan a observar el impulso sin obedecerlo, a estar presentes sin huir hacia el refuerzo inmediato. Desde este enfoque, la salud mental no consiste en eliminar la dopamina, sino en integrarla con la serotonina de la estabilidad y la oxitocina del vínculo. 

La captología revela una verdad inquietante: el comportamiento humano es moldeable cuando el entorno está bien diseñado. Pero la psicoterapia recuerda otra más profunda: el sentido no puede ser programado desde afuera. Cuando una persona se reconecta con el para qué de su vida, ninguna interfaz resulta suficiente para capturarla por completo. 

En una época donde la atención se ha convertido en mercancía, cuidar la atención es cuidar la salud mental. Y allí, en ese gesto silencioso de volver al presente y al sentido, comienza no solo la terapia, sino también la libertad interior.

Referencias:
Frankl, V. (2004). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.
Skinner, B. F. (1971). Más allá de la libertad y la dignidad. Barcelona: Fontanella.
Skinner, B. F. (1953). Ciencia y conducta humana. Madrid: Alianza.
Fogg, B. J. (2003). Tecnología persuasiva: usando computadoras para cambiar lo que pensamos y hacemos. Stanford University.
Hayes, S. C., Strosahl, K., & Wilson, K. (2014). Terapia de Aceptación y Compromiso. Bilbao: Desclée de Brouwer.
Bauman, Z. (2013). Vida líquida. Barcelona: Paidós.

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