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Poncho Zuleta y el silencio que asoma: la despedida que nadie quiere escuchar

Por: Isaías Celedón Cotes, Psicólogo y Escritor

“Nada permanece tanto como aquello que hizo vibrar el alma colectiva.” Jean-Paul Sartre

Hay frases que no se dicen para despedirse, sino porque el alma, sin querer, deja escapar verdades profundas. Cuando Poncho Zuleta insinuó que se apartaría de los escenarios, el país sintió un estremecimiento colectivo. No se trató solo del retiro de un artista: fue como si una puerta ancestral se cerrara lentamente mientras todos intentábamos detenerla con las manos temblorosas.

Hablar del adiós de Poncho es mirar de frente algo que evitamos: el paso del tiempo sobre las voces que han marcado nuestra identidad. La posibilidad de verlo apagar su micrófono nos confronta con una pregunta íntima y existencial: ¿qué sucede cuando quien sostiene la memoria de un pueblo decide bajar la guardia?

Poncho no es solo un cantante. Es un carácter. Un modo de ser Caribe. Quien lo ha visto llegar a una reunión sabe que su alegría no es un gesto aprendido, sino un impulso natural que contagia. Su presencia siempre ha tenido la capacidad de transformar un ambiente, como si abriera una ventana para que entrara el viento tibio de la Guajira.

Es simpático de una manera desarmante, de esas que no requieren explicaciones ni adornos. Su forma de reír, su abrazo espontáneo, su manera franca de contar historias… Todo eso lo convirtió en un hombre cercano, incluso para quienes jamás lo han tratado en persona. Poncho genera afecto porque no se esfuerza por ser querido: su luz es genuina.

Y detrás de ese temperamento festivo hay un hijo del Caribe que nunca ha olvidado el territorio que lo vio nacer. Recorrió pueblos, corregimientos y ciudades con una devoción casi sagrada. A cada lugar le entregó canciones, parrandas y afectos. Esa relación profunda con la gente explica que pertenece únicamente a un cartel de concierto: habita la memoria de todo un país.

Pensar en Poncho es pensar inevitablemente en Emiliano. Ambos construyeron un puente emocional entre generaciones. La dinastía Zuleta no solo interpretó vallenatos: los convirtió en relatos existenciales, en retratos de la vida cotidiana, en abrazos musicales que acompañaron al país en celebraciones, duelos, amores y esperas.

Emiliano, con su sensibilidad fina, entendió como pocos que el acordeón no es un instrumento, sino un templo donde la gente deposita esperanzas. Poncho, con su voz de trueno noble, elevó esas composiciones hasta convertirlas en himnos que no dependen del tiempo.

Hablar de ellos es nombrar una tradición que resiste, una raíz que todavía respira, un modo de entender la vida donde la emoción manda más que la lógica.

Por eso, cuando Poncho dejó entrever que podría retirarse, el impacto fue  inmediato. No solo por lo que él representa en el vallenato, sino por lo que simboliza en la psiquis colectiva del Caribe y del país entero.

Desde la psicología existencial, los retiros de ídolos culturales son momentos de alto significado: nos obligan a reconocer que aquello que creemos eterno también tiene un ciclo. La cultura, como la vida, también envejece. Y nuestros héroes, aunque inmensos, son humanos.

Pero el país aún no está preparado para asumir su ausencia. ¿Cómo imaginar una parranda sin su carcajada? ¿Cómo aceptar un festival sin su presencia? ¿Cómo concebir un vallenato auténtico sin uno de sus últimos guardianes?

Su posible despedida activa una mezcla de nostalgia, duelo anticipado y resistencia emocional. Es natural: cuando un símbolo se retira, sentimos que una parte de nuestra identidad se tambalea. Quienes lo quieren —amigos, seguidores, músicos, escuchas de toda la vida— coinciden en un sentimiento:aún no es el momento.

Poncho sigue siendo faro en un tiempo donde el vallenato navega entre tendencias modernas y escenarios internacionales. Su manera de cantar, su intuición artística, su conexión con el público conservan una autenticidad que se vuelve cada vez más rara.

Que se quede un poco más no es un capricho del público, sino una necesidad emocional de un país que, en medio de tantos cambios, aún busca un ancla, un símbolo, una voz que recuerde de dónde venimos.

Quizás Poncho no imagine la dimensión de su impacto. Quizás no sepa que su forma de vivir la música ha sido para muchos una lección de alegría, libertad y pertenencia. Tal vez no sea consciente de que millones lo sienten parte de su propia historia afectiva. Por eso, su retiro se siente como un amanecer sin canto de gallos: extraño, incompleto, silencioso.

Poncho, si estas palabras llegaran a tus manos, solo tendrían un mensaje sencillo, humano y sincero: no te apresures a guardar tu voz. Aún hay corazones que laten al ritmo de tu canto, aún hay noches que  tu presencia, aún hay un país entero que no está listo para dejarte ir.

Mientras tanto, seguiremos aquí, celebrando tu legado, acompañando tu camino y agradeciendo cada canción que nos regaló un pedazo de vida.

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